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viernes, 15 de junio de 2012

El Director de Seguridad: Inteligencia Emocional Rafael Vidal Delgado Coronel de Artillería en la Reserva Diplomado de Estado Mayor y Doctor en Historia por la Universidad de Granada


El Director de Seguridad: Inteligencia Emocional


Rafael Vidal Delgado Coronel de Artillería en la Reserva Diplomado de Estado Mayor y Doctor en Historia por la Universidad de Granada


Tras escribir algunas columnas sobre el liderazgo, me escriben algunos lectores preguntándome las diferencias reales entre el liderazgo religioso, el militar, el político, el social y de la mujer, lo cual me deja perplejo porque el liderazgo es un atributo de una persona, de tal forma que es una forma de vivir. Todos tenemos algunos rasgos de liderazgo, igual que todos tenemos algunos conocimientos de matemáticas sin que por ello seamos “matemáticos” y con ello una “mente matemática”, pero toda persona tiene, a lo largo de su vida, que asumir papeles de liderazgo, por ejemplo: en la educación de los hijos; el profesor en su aula; la mujer en su familia, etc., sin que por ello sean considerados “líderes” y con ellos “comportamiento de líderes”.
Sin embargo hay profesiones que exigen tener vocación y formación de líder, siendo consustancial a ello los militares, los policías, los directores de seguridad, …, los sindicalistas y los políticos. Por supuesto cualquier organización que tenga un verdadero líder al frente, es como tener un seguro de existencia.


Hace pocos días me invitaron a acudir a una conferencia, dentro del Aula Padre Arrupe, que impartía la profesora Ana García Mina de la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid). No pude acudir, aunque con posterioridad leí la reseña en la prensa religiosa. El tema versaba sobre la figura de Jesucristo como gran pedagogo de las emociones.
Al leerla, unos recuerdos vinieron a mi mente, consistentes en unos libros que sobre el asunto leí hace ya muchos años.
En la década de los noventa fue un verdadero “best-seller” mundial el libro de Daniel Goleman “Inteligencia Emocional”, continuado pocos años más tarde con “La práctica de la inteligencia emocional”.
Si se pudiera resumir en una frase lo que conlleva el concepto de inteligencia emocional se diría que es “tratar a la pasión con inteligencia”, en realidad domesticar nuestras emociones.
En España ha tocado este tema nuestro filósofo y pensador José Antonio Marina, recordando de aquellos años “El laberinto sentimental” y otros más que sobre el mismo tema le siguieron.
Una expresión que circula por Internet y se ha introducido en los anuncios de televisión, es la de “crear buen ambiente”, consistente en aplicar los criterios de la inteligencia emocional (IE) en puestos de trabajo, círculos de amigos, en viajes organizados, en clases, es decir que todos se sientan a gusto en el lugar donde se encuentren. El conocimiento de lo que es la IE y practicar sus principios es casi obligado para toda persona que ejerza “mando” o controle a un número de personas. No hay nada más desmoralizador que escuchar: “no hay buen ambiente”; “siempre estamos en tensión”, y mucho más cuando el que lo provoca es una persona que tiene autoridad sobre los demás. Al evaluar el rendimiento de unos trabajadores en un
News ADSI Flash nº 325 – 12 de febrero de 2012
caso de “buen o mal ambiente” sorprendería conocer que puede oscilar entre el 30 y el 40%.
Pero ¿Qué es la inteligencia emocional? Los expertos la definen, pero si hubiera que hacerlo de una forma genérica se haría con la expresión “irradiar armonía en un determinado ambiente”, siendo sus características, según Goleman: la capacidad de motivarnos a nosotros mismos, de perseverar en el empeño a pesar de las frustraciones, de controlar los impulsos, de diferir las gratificaciones, de regular nuestras propios estados de ánimo, de evitar que la angustia interfiera con nuestras facultades racionales y, por último –pero no, por ello, menos importante-, la capacidad de empatizar y confiar en los demás. Si se leen con detenimiento y se analizan las características vemos que quien tiene esas capacidades, bien de forma innata o mediante el aprendizaje, es un verdadero líder.


En otra columna anterior indicaba como una de las premisas del Director de Seguridad o de cualquier mando es “no ser portador de miedos e inquietudes”, es decir dejar en la puerta del trabajo sus preocupaciones personales y transformarse en otra persona, en un verdadero líder, en el que todos confían y con el que da “gusto trabajar”. Un líder debe de actuar como un artista en un escenario, que da vida a un personaje y le dota de espíritu y realidad, aunque por dentro vaya la “procesión”. Recordemos a Lola Flores en sus últimas actuaciones, invadida ya por el mal que le aquejaba y con fuertes dolores, parecía llena de vida cuando se subía al “tablao” y resultaba incomprensible que estuviéramos contemplando a una persona enferma de muerte.
La motivación es una función directiva, tal vez la más importante, influye en la moral del combatiente, del policía o del vigilante de seguridad. En este mercado en que se pretende convertir el trabajo casi se identifica la motivación con el cobro de unas gratificaciones, craso error, cuando es mucho más. Tampoco se cubre con la concesión de medallas y premios, sino que es saber transmitir que la mejor satisfacción es el trabajo bien hecho y que el mejor premio no es el oficial, sino el uno se concede y el que le reconocen verbal y sentimentalmente, tanto el jefe, el Director de Seguridad, como sus propios compañeros.


La perseverancia es otra cualidad que debe tener el líder y que forma parte de su IE. Las frustraciones en el trabajo son constantes, porque no estamos solos, sino que compartimos objetivos con otros colectivos que en ocasiones tienen más necesidades de recursos materiales o espirituales, pues bien el líder no sólo debe superar esa situación, sino trasmitir a todos sus colaboradores que a pesar del escollo, deben seguir con el mismo entusiasmo y dedicación, como si se le hubiera concedido lo que pretendían.


El control de nuestros impulsos, regular las gratificaciones (morales en su mayoría) que concedamos y evitar que nuestro sentimiento se transmita al exterior, es otro conjunto de cualidades del líder. Hay veces que ante algo mal hecho, nuestra primera reacción es “bronquear” −fácil es predicar, pero difícil ejercer−, siendo imprescindible pensar y analizar la situación antes de hacerlo. Un superior mío, hoy teniente general retirado y al que tengo gran aprecio, persona muy religiosa, me decía que antes de amonestar, rezaba un padrenuestro, y tras esos segundos de reflexión, la ira daba paso a la templanza, y lo que podía dañar irremediablemente al autor de los hechos malévolos, le hacían recuperar al buen gobierno de los asuntos. Tampoco es buen líder aquel que todo lo premia, porque está devaluando lo que verdaderamente está bien hecho.
Por último el líder debe ser capaz de crear confianza, de transmitir simpatía, lo cual no quiere indicar que sea “dicharachero”, sino que escuche antes de decidir, que sea comprensivo con los problemas, personales o no, de sus colaboradores, y de que todos sepan que son “alguien” en el trabajo, que se les concede la autonomía que debe disfrutar el puesto que ejercen, y que su jefe, el Director de Seguridad, confía en él, aunque también controla y coordina.
La inteligencia emocional, si es asumida como rol por el que ejerza tareas de liderazgo, lo convierte en un verdadero líder. No hay nada más frustrante cuando el comandante de un buque o el de una aeronave es un “antipático”, “despótico” y “tirano” y no hay nada más aberrante para la seguridad, que un Director de Seguridad actúe de la misma forma, porque las vulnerabilidades afluirán sobre lo que debe preservar y proteger.
Fuente: Belt Ibérica